Los 50 de un edificio con mucho arte

La construcción que alberga la ‘Escuela de Arte’ cumple medio siglo, celebración que merece recordar la labor educativa de esta entidad desde 1910 hasta hoy

La Escuela de Arte y Superior de Conservación y Restauración de Salamanca, más conocida por todos por su nomenclatura anterior, Escuela de Artes y Oficios, cumple medio siglo en su ubicación actual. Es decir, el edificio que alberga dicho centro, en la avenida de Filiberto Villalobos, celebra su cincuenta aniversario. Por este motivo, a lo largo de todo el curso, la dirección del centro ha desarrollado actividades extraordinarias que se extenderán durante el inicio del periodo escolar 2018/19.

Imagen de la escuela en 1968, cuando fue inaugurado el edificio actual, en la calle Filiberto Villalobos.

La Escuela de Arte y Superior de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Salamanca tiene su origen en las Antiguas Escuelas de Artes y Oficios, que en Salamanca estaba situada detrás de la Iglesia de la cuesta de Sancti Espiritu, en el edificio de la antigua cárcel de la ciudad. Por entonces se impartían talleres sueltos del plan de 1910: Forja, Ebanistería, Dibujo Artístico, Modelado y un taller que patrocinaba la Diputación Provincial: Orfebrería y Filigrana charra. Estos centros eran entidades filantrópicas, creadas a partir de consorcios entre diferentes instituciones. Su finalidad era formar a trabajadores en oficios más concretos, ante la falta de especialistas en determinados trabajos. Por ello, el horario era únicamente de tarde, para que losm alumnos no perdieran la jornada laboral.
En el año 68 la Escuela se traslada al edificio actual, en la avenida Filiberto Villalobos, una vía dedicada, curiosamente, al que fuera ministro de Bellas Artes durante la Segunda República Española.
Los estudios que acogía el centro correspondían a los aprobados en el plan de 1963.
El edificio, construido por los arquitectos José Antonio López Candeira y Gonzalo Ramírez Gallardo fue Premio Nacional de Arquitectura en el año 1968. La construcción fue diseñada específicamente para los estudios que se impartían y hasta la orientación de las ventanas de sus aulas se calculó a la hora de diseñar el proyecto. En los planos se consideró “la doble necesidad de orientación norte para talleres y salas de dibujo; y sur, para las clases teóricas”, según se relata en la revista Arquitectura, que le dedicó un amplio reportaje con motivo del premio citado.

El edificio, construido por los arquitectos José Antonio López Candeira y Gonzalo Ramírez Gallardo fue Premio Nacional de Arquitectura en el año 1968.

Los arquitectos dieron forma a un centro pensado al milímetro, en el que destaca, incluso, la elección de las especies vegetales del jardín exterior y los trabajos de mantenimiento del mismo en cada estación. Precisamente, la parte exterior del edificio fue alterada en el año 84, con la ampliación de la construcción. Estas obras modificaron los planos originales, eliminando un espacio singular, una zona de esparcimiento para los alumnos, con forma de círculo y bancada alrededor.

Amarillo
Hoy en día la “Escuela de Arte” se reconoce por el amarillo de sus ventanas y se caracteriza por el ambiente juvenil que se percibe a su alrededor durante el curso escolar. La Escuela de Arte y Superior de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Salamanca es un centro educativo único en la provincia y una de las nueve Escuelas de Arte que existen en Castilla y León. La oferta educativa de las Escuelas coincide en los estudios de Bachillerato Artístico, teniendo ciclos de grado medio y de grado superior diferentes y repartidos por especialidades. El Ciclo de Grado Superior de Cerámica Artística y de Encuadernación, el Ciclo de Grado Medio de Fundición y Galvanoplástia y la especialidad de Conservación y Restauración de Documento Gráfico que se imparten en esta escuela, son únicos en la Comunidad de Castilla y León. En la escuela de Salamanca conviven enseñanzas de régimen general (Bachillerato) con enseñanzas de régimen especial (Artísticas) con estudios superiores. Además, la escuela charra se caracteriza por estar especializada en escultura y por contener el mayor número de ciclos formativos de la región, siete, frente a las cinco de la escuela de Burgos y las tres de la de Valladolid y León.

El pasado curso 2017-2018 cursaron estudios en este centro cerca de 450 alumnos, la mayor parte de ellos, jóvenes, que se deciden por el Bachillerato Artístico y también estudiantes que optan por una enseñanza no universitaria, pero de nivel superior. El carácter eminentemente práctico de estas enseñanzas es un reclamo para estudiantes que buscan desarrollar una actividad artística artesanal con la que forjarse un futuro. Asimismo, se matricula en la escuela un grupo más reducido de estudiantes que supera los 60. Se trata de profesionales jubilados que encuentran en estas enseñanzas un modo de desarrollar una afición o, incluso, una vocación, para la que nunca tuvieron tiempo suficiente. Este perfil de alumno tiene hueco en el centro siempre que queden plazas libres, pues son prioritarias las solicitudes de los jóvenes que desean continuar con una educación reglada. Los estudiantes veteranos deben cumplir con los mismos requisitos a la hora de acceder al centro y también deben cumplir con las mismas exigencias académicas para promocionar.

También llegan a esta escuela de escuela de Arte licenciados o estudiantes de Bellas Artes que persiguen la formación práctica que no han conseguido en la universidad “los estudios universitarios de bellas Artes son muy teóricos, en buen parte de los casos, los proyectos se quedan en proyectos escritos. Los estudiantes necesitan tocar los materiales, saber cómo tratarlos para darle forma a ese trabajo que han descrito y eso es lo buscan en este centro”, explica el director de la escuela, Alejandro García Martín.


Tras la jubilación, vuelta al aula para aprender un oficio

Victoriano León , (primero por la izquierda) Cecilia González (centro) y Francisco Domínguez han regresado a las aulas tras la jubilación. Biólogo, administrativa y médico respectivamente, en activo hasta hace solo unos años, ahora se codean con adolescentes y jóvenes que buscan en el arte un camino laboral. Para ellos, es una vocación frustrada, el mejor de los pasatiempos o una pasión que nunca tuvieron tiempo de desarrollar. En cualquier caso, disfrutan y se realizan como personas conociendo un oficio y también conviviendo con compañeros a los que triplican en edad. “Es una experiencia maravillosa. Me fascina su creatividad y sus ideas”, reflexiona Cecilia -administrativa jubilada del Sacyl-, quien también reconoce que el ambiente juvenil en el que se mueve es un reclamo para seguir estudiando. Este año continuará con el módulo de cerámica; finalizó el de fundición y tuvo que dejar el de escultura porque el polvo que surgía del tratamiento de algunas piezas le generó problemas respiratorios.

Francisco Domínguez es médico jubilado y, ahora, ebanista. Lo suyo no ha sido espontáneo, creció contemplando cómo su padre daba vida a los tablones de madera con las gubias y los formones que hoy cuelgan de su propio taller.

Victoriano ha sido biólogo antes que escultor. Acaba de matricularse en el módulo superior de escultura tras finalizar los dos primeros cursos. Ha llegado a la escuela de la mano de su mujer, que también fue alumna del centro. “Estudiar en la escuela no tiene nada que ver con realizar un taller de artesanía en cualquier asociación. Aquí tienes que adaptarte a un sistema educativo oficial, lo que implica estudiar material diversas, no solo clases prácticas; y preparar exámenes”, aclara, “es una cuestión de vocación”.


Volcados en la promoción del centro

Alejandro García (izquierda) y Luis Puga (derecha) son , en la actualidad, el director y el coordinador de actividades extraescolares de la Escuela de Arte, respectivamente, aunque ambos llevan años vinculados a la escuela desde otros puestos. A lo largo de este tiempo y, especialmente en los últimos años, se han afanado por dar a conocer el centro y el trabajo que en él desarrollan. Esta tarea de promoción recae en Puga, quien reconoce que es muy importante hacer visible la escuela y las posibilidades laborales que ofrece a los jóvenes que se forman en en ella. Asimismo, inciden en la necesidad de poner en valor las artes aplicadas, “vivimos en una sociedad globalizada, donde lo cotidiano se ha ido homogeneizando, restando exclusividad a casi cualquier objeto”. “El producto que sale de una escuela de arte tiene mercado, pues se trata de obras artesanales, que se van a revalorizar con el tiempo, por su singularidad y calidad”, reconoce Alejandro García.

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