Adiós, hermanas

El 31 de julio cerrará el emblemático Hogar-Escuela Sagrada Familia de Pizarrales, fundado por las religiosas del Amor de Dios en plena posguerra para tratar de dar respuesta a las necesidades de los vecinos

La hermana Auxiliadora recorre los pasillos de la casa, ahora prácticamente vacíos. Muestra las aulas, ya despojadas de adornos infantiles, en las que hasta finales del pasado junio todavía cursaban Educación Infantil algunos niños, apenas 12, porque hace tres años les comunicaron que no admitieran a más pequeños, que el cierre era inminente. La religiosa reconoce que está siendo “muy costoso” el proceso de embalado y mudanza, no solo porque las cinco hermanas que quedan en el Hogar-Escuela Sagrada Familia de Pizarrales tienen entre 66 y 88 años, sino porque es evidente que el desalojo de un inmueble con 72 años de vida y de historias no es sencillo.

El próximo 31 de julio, las hermanas Angélica, Ana María, Rocío, Paz y Auxiliadora, la madre superiora, abandonarán uno de los espacios más emblemáticos de un barrio al que su congregación, las Hermanas del Amor de Dios, llegó en plena posguerra, encontrándose “mucho paro, una miseria terrible y pobreza”. Las pioneras fueron seis jóvenes religiosas de poco más de 20 años: “dos enfermeras, dos costureras, una cocinera y una portera”. Algunos sacerdotes decían que las monjas azules, como muchos todavía las conocen, habían caído del Cielo para llegar a Pizarrales en el mejor momento.

Inicios

Como explica Auxiliadora, su labor se inició en una casa pequeña situada que les proporcionó el párroco junto a la Iglesia Vieja. Las dos enfermeras recorrían el barrio para visitar a los enfermos, hacer curas, poner inyecciones y hasta limpiar sus casas. En la vivienda, organizaron una escuela-taller en la que impartían clases de costura, bordados a mano y a máquina, corte y confección, dibujo, cultura general… “Llegó a haber más de 100 chicas. Empezaron a hacernos encargos para los antiguos ajuares, y con ese dinero muchas jóvenes sustentaban a la familia”, cuenta la superiora.

Vista general del Hogar-Escuela Sagrada Familia.

Recuerda que eran años de hambre, así que las hermanas hacían “grandes perolos de comida para repartirlos entre la gente del barrio”. Distribuían hasta 100 raciones diarias, el único alimento que muchas personas se llevaban a la boca en todo el día, según relata Auxiliadora.

Caja Duero

En 1951, la Caja de Ahorros y Monte de Piedad –después Caja Duero– se involucró en el proyecto a través de su Obra Social y construyó el inmueble actual “con todas las condiciones para desarrollar labores de guardería infantil y estudios primarios, además de capilla, aulas, dispensario, salas de recreo y jardín. Dice Auxiliadora que un periódico local tituló: “Ya tienen las palomitas su palomar”.

“Estábamos a lo que era necesidad”, explica. Y algunas de las mayores necesidades se encontraban en la infancia. “Hemos llegado a tener hasta 120 niños. Cuando llegaban, se les quitaba la ropa que traían y se les ponía otra limpia. Los primeros años desayunaban aquí; tras las clases se les daba la comida y la merienda, y después de la siesta venían a recogerles. También se les proporcionaba todo el material que necesitaban”, relata la superiora, que recuerda con especial cariño el momento en el que Sebastián Battaner, entonces presidente de Caja Duero y “un enamorado de esta casa”, dijo que los pequeños del Hogar-Escuela Sagrada Familia tenían el mismo derecho que los demás niños a disfrutar de un regalo de Reyes.

Una fiesta de Reyes Magos en el centro.

Las monjas se ocupaban de hacer el encargo de cada alumno a Melchor, Gaspar y Baltasar, ajustándose al presupuesto disponible, y el momento de la visita real se convertía en una verdadera fiesta de ilusión. Pero la labor de las hermanas del Amor de Dios no paraba ahí. “Nunca estamos ociosas, hay mucho que hacer”, señala la superiora.

La religiosa, cuya respuesta a la llamada de Dios fue “algo tardía” –“me hice un poco la sorda hasta los 28 años”, bromea– ha pasado por varios de los centros que la congregación tiene en España, y en poco más de dos semanas cerrará las puertas del Hogar-Escuela de la carretera de Ledesma, en el que ha estado en dos periodos diferentes de su vida.

Siempre le ha apasionado la enseñanza. Antes de jubilarse, era profesora de Lengua y Literatura y de Francés en Bachillerato. En el centro de Pizarrales, impartió clases de mecanografía, una de las numerosísimas actividades que a lo largo de siete décadas han ofrecido estas monjas a los vecinos de la zona, más allá de la atención asistencial y educativa: corte y confección, bordado, labores, catequesis, alfabetización de adultos… No es difícil encontrar en Pizarrales a personas que se hayan beneficiado de una u otra forma de la labor de las monjas azules y, por supuesto, son innumerables las mujeres del barrio que aprendieron a bordar y coser entre los muros que, a partir del 31 de julio, encerraran la memoria de lo realizado durante tantas décadas de compromiso social.

Mientras llega el momento de la partida, las hermanas siguen con sus rutinas –últimamente centradas en la mudanza– y cada día pasan por el quiosco de la Santi a buscar el periódico. Su propietario, José Martín, cuenta que muchas veces ha comido en el Hogar-Escuela invitado por las religiosas para que no tuviera que acercarse a casa a la hora del almuerzo.

Tristeza

Juani Rodríguez, del quiosco Santi, guarda buenos recuerdos de sus clases de bordado y costura “en las monjas”.

A su lado, Juani Rodríguez, que trabaja en el establecimiento, dice que aprendió a bordar a mano y a máquina con las monjas, y también a hacer punto. “Un día le dije a sor Dolores que me enseñara a zurcir y se quedó sorprendidísima”, expone. También reconoce que se puso unas cuantas inyecciones en el dispensario, un recuerdo algo menos agradable. “Las preparaba gordas cuando veía la aguja”, ríe. Por el momento, en el barrio no ha trascendido qué uso le dará Caja EspañaDuero a las instalaciones, pero Juani confía en que no suponga derribar la casa. “No queremos que lo tiren. Yo creo que si eso se plantea nos echaríamos a la calle”, apunta.

Tristeza es el sentimiento que más se escucha –y se percibe– cuando en este barrio de la capital salmantina se pregunta a los vecinos qué piensan del cierre del Hogar-Escuela. “Es una pena, porque es un símbolo del barrio, un punto de referencia”, indica Isidora Herrero, presidenta de la asociación de vecinos Munibar, que conserva en su casa los Tu y yo, las mantelerías, las toallas y hasta los cuadros bordados que realizó “en las monjas”, donde también aprendió mecanografía y

Isidora Herrero muestra algunos de los juegos que bordó con las monjas.

donde siguió yendo incluso después de casarse. Tiene “un buen recuerdo” de aquellos años, del bastidor para bordar, “del traqueteo de las máquinas”. También guarda en la memoria ese día en que una de las religiosas la envió para casa porque la descubrió comiendo chicle. Aunque aquel día lloró pensando en la regañina de su madre, hoy sonríe. Como para no hacerlo cuando se habla de esos destellos que devuelven a la infancia.

Hace un par de sábados, los colectivos sociales de Pizarrales y el Barrio Blanco brindaron un homenaje a las religiosas del Hogar-Escuela Sagrada Familia “por su excelente labor”. Al principio, en su humildad, se mostraron reacias al reconocimiento, pero después vieron que debían aceptar el gesto. “A todas las hermanas que hemos pasado por aquí nos queda un recuerdo muy grato que no se puede pagar. Nos da mucha pena marcharnos, pero creo que hemos realizado una labor buena, y nos queda esa satisfacción”, explica Auxiliadora, que añade: “Todo empieza y todo acaba”. Lo dice con resignación, aceptándolo, aunque recorra algo cabizbaja los pasillos casi vacíos de la casa y se asome a su querida capilla, ya sin santos.

Nuevos destinos

Cuando cierren las puertas de el Hogar-Escuela Sagrada Familia, las cinco hermanas que todavía viven en las emblemáticas instalaciones  –han llegado a ser una docena– se marcharán a sus próximos destinos. “Lo bueno que tenemos las religiosas es que dejamos una casa, pero tenemos otras”, dicen con simpatía.

Una de las consecuencias del cierre que más las entristece es la marcha de la cocinera que las ha acompañado durante 36 años. “Honesta como pocas, se ha quedado sin trabajo”, lamentan Auxiliadora y Ana María, que a sus más de 80 años esperan a conocer sus nuevas funciones. “Hay mucho que hacer”, asegura Auxiliadora.

Una de las aulas en las que las alumnas aprendían a coser y bordar a máquina.

2 Comments

  1. k lastima y que pena k todo tiene un principio y un final pero este centro no tenia k tener un final por k a hecho muchisimo por muchas fmilias de pizarrales entre ellos yo mismo esido alumnode ese centro ide alguna manera siento mucho k desaparezca esto hoy en dia todo va como va triste pero cierto

Deja un comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*