18.000 bocatas “con mucho corazón”

Miles de escolares y familias enteras participaron ayer en la jornada de solidaridad y convivencia que cada año impulsa Manos Unidas para financiar uno de sus proyectos y reflexionar sobre “nuestras prioridades y modos de vida”

Alumnas del colegio Gran Capitan durante la Operación Bocata.

A las seis de mañana, Irene y su marido estaban como dos clavos en el colegio de los Trinitarios para empezar a hacer bocadillos de tortilla, chorizo, salchichón, queso y fiambre. Ellos, y los cerca de 130 voluntarios que este jueves se sumaron a los preparativos de la Operación Bocata, la ‘fiesta’ solidaria con la que cada año Manos Unidas propone una reflexión sobre la pobreza y la injusticia, al tiempo que busca fondos para mejorar las condiciones de vida de quienes viven en alguno de los rincones más empobrecidos del planeta.

En esta ocasión, será una comunidad indígena Q’eqchi del municipio guatemalteco de Fray Bartolomé de las Casas la beneficiaria de la solidaridad que miles de personas manifestaron mediante el sencillo gesto de comerse un bocadillo. Alrededor de 18.000 bocatas se elaboraron, distribuyeron y consumieron en la inmensa mayoría de los centros educativos durante una jornada fría, pero soleada, que para los voluntarios y voluntarias comenzó antes del alba. “Mi hijo tiene 47 años y mi hija 43. Estudiaron en este colegio y desde el principio de la Operación Bocata he venido a colaborar siempre que he podido”, contaba Irene, una mujer de 70 años para quien Manos Unidas realiza “una labor excelente”.

La presidenta de la organización en Salamanca, Mercedes Marcos Robles, mostraba su satisfacción por el respaldo que cada año recibe una iniciativa que los participantes viven como un día “de verdadera convivencia” a la que se suman “padres, abuelos y familias enteras”.

“Es un bocadillo con mucho corazón”, señalaba. Así se lo recordaba también a quienes preparaban el menú del día indiscutible de este jueves. Una jornada que, según destacaba la representante de Manos Unidas, supone también “un aviso de austeridad, una oportunidad para reflexionar sobre nuestro consumo y para revisar nuestras ideas, prioridades y modos de vida”. Es, añadía, una ocasión simbólica para percibir “la sensación de quedarnos a medio comer y sentir esa punzada de hambre” que muchas personas sienten “día tras día” sin que se produzca “un reparto justo de los bienes de la tierra”.

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